Historias
“La edad productiva nunca termina. Así adquieras alguna condición de vida, la vida continúa y hay que salir adelante…”
Una condición de vida puede cambiar la manera de trabajar, pero no elimina las capacidades, los sueños ni el deseo de salir adelante. Esa es la convicción que une a José Luis Alvarado, Lupita Luna y Marcela González Sánchez, integrantes de COID, el Centro Ocupacional Incluyente de Personas con Discapacidad.
A través de masajes, tejidos, dulces artesanales y otros productos, los tres encontraron una forma de generar ingresos y demostrar que las personas con discapacidad pueden continuar siendo productivas cuando existen preparación, apoyo y oportunidades.
José Luis convirtió la falta de empleo en un proyecto colectivo
José Luis adquirió una discapacidad visual a causa de una enfermedad en 2010. Al buscar trabajo, se encontró con una realidad difícil: muchas empresas no contaban con espacios para incorporar a personas con discapacidad visual.
Ante la falta de oportunidades, buscó una actividad que le permitiera obtener ingresos y seguir sintiéndose útil. Así comenzó a prepararse profesionalmente en el área de los masajes.
Con el tiempo, decidió compartir esa oportunidad e invitó a Lupita y a otras personas con discapacidad a unirse. De esta manera fundó la asociación civil COID, un proyecto creado para trabajar en comunidad y aprovechar las capacidades de cada integrante.
Actualmente ofrecen masajes relajantes y descontracturantes. Sus integrantes cuentan con capacitación y certificaciones obtenidas mediante el IECA y otras instituciones, lo que respalda la calidad y preparación con la que realizan sus servicios.
José Luis insiste en que una discapacidad no representa el final de una vida activa. Su mensaje resume el espíritu con el que nació la asociación:
“La edad productiva nunca termina. Así adquieras alguna condición de vida, la vida continúa y hay que salir adelante”.
Lupita descubrió nuevas habilidades para seguir siendo productiva
Lupita Luna vive con baja visión desde 2014. Después de adquirir esta condición conoció a José Luis, quien le compartió el proyecto y la invitó a integrarse a COID.
Para ella, vivir con una discapacidad significa aprender a realizar las actividades de una manera diferente, pero no dejar de intentarlo. Considera que el respaldo de la familia y de la sociedad es importante, aunque también lo es descubrir las capacidades propias.
“Las personas con discapacidad visual deben saber que no se les acaba la vida; finalmente, nada más es una condición de vida con la que hay que aprender, trabajar y saber salir adelante”, expresó.
Lupita participa en el servicio de masajes, una actividad que valora porque puede realizarla con independencia y sin requerir constantemente el apoyo de otras personas.
También elabora productos tejidos como bolsas, caminos para pie de cama, gorritos, bufandas, cuellos, donitas para el cabello y monederos. El tiempo de elaboración cambia dependiendo de cada pieza: una donita puede tomarle una hora, un monedero alrededor de dos, mientras que una bolsa o un tejido de mayor tamaño puede requerir entre una semana y hasta un mes.
Además, COID distribuye miel elaborada por un apicultor con discapacidad motriz, así como salmueras, chiles en vinagre y otros productos realizados por sus integrantes.
Lupita invita a la ciudadanía a acercarse con confianza, pues cada compra representa un ingreso para las familias que forman parte del proyecto.
“Toda su compra apoya a una familia, porque todos tenemos nuestras familias y cualquier compra que hagan nos ayuda a llevar un ingreso a nuestros hogares”.
También invita a regalarse unos minutos de descanso mediante los masajes que ofrecen, con la intención de que las personas se retiren “relajadas como plumitas”.
Marcela encontró en lo artesanal una terapia y una fuente de ingresos
Ante la falta de oportunidades laborales, Marcela González Sánchez comenzó a elaborar productos como una forma de terapia ocupacional.
Poco a poco se animó a preparar tamarindos y mazapanes. Con los espacios que han recibido para promoverlos, esta actividad también se convirtió en un incentivo económico y en una ayuda adicional para su hogar.
La preparación requiere paciencia y dedicación. Una jornada puede extenderse entre seis y ocho horas, debido al proceso y al trabajo que implica formar cada mazapán.
Durante ese tiempo puede elaborar aproximadamente 22 tamarindos y entre 26 y 30 mazapanes.
Más allá del ingreso, Marcela encuentra en esta actividad una manera de mantenerse ocupada, desarrollar sus habilidades y sentirse útil.
Un esfuerzo construido entre los tres
Gracias al respaldo del DIF, los integrantes de COID han recibido espacios para ofrecer sus servicios y comercializar sus productos en la Feria de Verano, la Feria de Enero y plazas comerciales como Plaza Mayor, Centro Max y Vía Alta.
Ahí presentan masajes, tejidos, miel, tamarindos, mazapanes y distintos productos elaborados con cuidado y bajo procesos de limpieza y calidad.
Aunque las historias de José Luis, Lupita y Marcela son distintas, las tres se encuentran en un mismo punto: ninguno permitió que una discapacidad definiera el final de su camino.
COID no nació desde la lástima, sino desde la necesidad de trabajar, compartir habilidades y construir oportunidades. Sus integrantes buscan que las personas conozcan y valoren la calidad de lo que ofrecen, pero también que comprendan el esfuerzo humano que existe detrás de cada masaje, tejido o dulce artesanal.
Porque una condición de vida puede modificar los planes, pero, como recuerda José Luis, la edad productiva nunca termina.
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