La leyenda de la niña cirquera

Hace muchísimos años, una niña indígena de nombre Ana Lucía, admiraba una tarde del año de 1623, un campamento donde dormía temporalmente un grupo de cirqueros que se dirigía a la ciudad de Guadalajara.

La niña sentía que a los cirqueros los inundaba una profunda tristeza y ánimo destrozado. Y no es para menos, ya que esta tarde, en la función de circo que presentaban, tocó el turno de actuar a la niña más pequeña de la familia.

El jefe del circo, salió de entre una manta que yacía en el fondo del escenario, y extendiendo los brazos hacia adelante, anunció: Su atención por favor… ahora, estimado público, tengo el gusto de presentar al orgullo de la familia… a nuestra pequeña hija que caminará sobre este alambre que tienen ustedes a la vista… y en lugar de ponerle abajo paja, o algún follaje que pueda suavizar su “posible caída”, para hacer el acto más peligroso, le colocaremos esta tabla que tiene incrustadas dagas con las puntas hacia afuera.

El escaso público que se había reunido a las orillas del poblado, para ver el espectáculo, miraba con atención el alambre puesto fijamente entre un mesquite y la carreta que era su medio de transporte.

La pequeña cirquera apareció en el escenario y se dirigió al árbol del que pendía la cuerda, por la que subió y luego de una mirada que alzó al cielo, se concentró.

El jefe del circo llamó la atención diciendo: ¡Silencio por favor! y se empezaron a escuchar las notas de suspenso de un viejo tamborcito. La niña comenzó a caminar sobre el alambre.

El público se mostraba nervioso, incluso más que la propia niña cirquera, quien, unos pasos adelante, perdió el equilibrio cayendo sobre la tabla con las dagas, introduciéndose una de ellas en una parte vital de su cuerpecito que le causó la muerte instantáneamente.

Por este difícil momento, pasaban los padres y compañeros cirqueros de la infortunada, mientras Lucía hablaba con ellos para pedirles permiso de traer al velorio una imagen de la virgen de la Pura Concepción para rezar por el descanso de su alma.

Los padres aceptaron y la indígena fue por la imagen que ella misma custodiaba en el templecito de adobe y paja. Después de rezar y ya casi por terminar, Ana Lucía colocó la imagen en el pecho del cuerpecito que yacía en el piso y, para sorpresa de todos, la niña cirquera despertó de su sueño.

Su madre incrédula la llenó de besos y abrazos. Los presentes sorprendidos por la escena, salieron a predicar el milagro que acababan de presenciar.

Los espectadores del increíble suceso se convirtieron en fieles creyentes y la imagen de la virgen hoy, casi 400 años después del suceso es la segunda virgen más visitada de todo México por fieles que viajan a pie y en peregrinaciones, es claro la Virgen de San Juan de los Lagos.

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