Los ojos de agua, los pozos del fraile

Todos sabemos que León está edificada sobre tierras que eran Chichimecas. También sabemos que estos eran bárbaros y sanguinarios, en gran parte, a causa de el mal trato que les daban los conquistadores pues, el interés de estos era someterlos para luego explotarlos laboralmente en el campo y la minería.

En ese tiempo había un fraile, el fraile Cuenca, un tipo bonachón de ojos claros como el agua que era un verdadero apóstol de la caridad. Empeñado en calmar las riñas y en educar a los chichimecas.

Cada vez eran más estas batallas sangrientas que, el padre Cuenca, un día decidió ir a territorio gobernado por los indios para apaciguar aquella disputa de venganzas y revanchas.

Se dice que, en una loma cercana hacia el norte del cerrito, subiendo por lo que hoy es la calle Apolo, había unas cuevas y chozas donde dormían temporalmente los indios. Al ver que una persona extraña se acercaba, los chichimeca lanzaron una lluvia de flechas dirigidas al intruso. Una de las flechas se le clavó en el cuello al fraile, luego otra y otras muchas en todo cuerpo y el pobre cayó muerto sobre el terreno pedregoso.

Todos huyeron de la escena menos uno, un indio malvado y cegado por la violencia se acercó al cuerpo y al ver asombrado el color raro de sus iris, le quitó sus ojos al cadáver con una daga de obsidiana y los lanzó lo más lejos que pudo.

Ya sea por cruel o por curioso, el indio regresó al sitio donde había caído el fraile Cuenca, buscó sus ojos y, al ver que en el lugar en donde cayeron sólo había dos puntos de agua, escarbó con las uñas encontrando solo agua pura en cada agujero.

Cuando la gente de la Villa se enteró de lo que pasó, comenzaron a visitar el lugar. Con el paso del tiempo y con el aumento del caudal de agua, construyeron dos pozos, uno por cada ojo, y desde entonces les llamaron: “Los Pozos del Fraile”.

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