Las fiestas de San Pedro y San Pablo

Cada 29 de junio, el Barrio del Coecillo tenía la tradición de ir a San Pedro de los Hernández. Era como un descanso general de todo el barrio. Se encontraban por las calles y lo primero que se preguntaban, “¿Vas a ir al paseo?” Nada era improvisado, todos se arreglaban como nunca, los más pudientes estrenaban camisa. Las mujeres se alistaban desde temprano y se repartían los novios en compañía de sus amigas, poniendo a San Antonio de cabeza para que les hiciera la buena.

Era un peregrinar de gente hasta aquel pueblo, los niños corrían por las veredas y aunque a paso lento, el camino se hacía corto cuando los chismes aligeraban el andar y pasaban el tiempo rápido. Desde lo lejos se divisaba la torre del templo y todo era un estallar de alegría; la música de banda, los cuetes y el olor a la comida hacían que el caminar se acelerara.

Las misas se llenan por toda la gente que visita el pueblo, las gorditas se fríen, el mole llena el lugar; todos satisfechos cuentan sus historias, sus deseos y sus planes. Muchas familias se reencuentran para pasar un día de completo júbilo.

Con la tarde de ese día llegaban las despedidas, todos regresaban con la barriga llena y el corazón contento al Coecillo. Para algunas el San Antonio había hecho el milagrito, tomados de la mano regresaban a sus casas. Los niños cansados recorrían muy calmados el camino de regreso.

Así terminaba ese día tan esperado y planeado por la gente del Coecillo. Al siguiente día todo volvía a la normalidad, el Barrio se llenaba de toda su gente, que casada del día anterior volvía a sus trabajos; pero como dice el dicho, “lo peaseado quién se los quita”.

Este texto recoge anotaciones y recuerdos de Luis Alegre Vega, periodista de la Ciudad y oriundo del Coecillo.

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Rene Funez

Licenciado en Ciencias de la Comunicación.

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