La Leyenda del Tecolote

La existencia de las brujas y sus leyendas son muy conocidas en todo el mundo. Claro está que en algunos lugares se cree más en ellas que en otros; como por ejemplo en México, donde todos conocemos a alguna persona que afirma haber estado  presente en alguna.

En Guanajuato, en el famoso “Cerro del Meco”, cuentan que las brujas se reunían a la media noche para hacer sus rituales. Algunos trasnochados aseguraban que a lo lejos podían ver bolas de fuego que se dirigían al cerro de San Miguel, zona que todos conocemos ya que es el lugar en donde hoy en día se eleva el monumento al Pípila.

Contaban los testigos de estas anomalías que las bolas de fuego salían con fuerza del Cerro del Meco dirigidas al Cerro de San Miguel, donde se extinguían. Decían que horas más tarde, se veían nuevamente sobrevolar las bolas de fuego pero ahora para dirigirse a diversos puntos de la población.

Los espectadores contaban que esas bolas de fuego no eran lo que parecían, porque viéndolas de cerca y con detenimiento, podías darte cuenta que un rostro de mujer se alcanzaba a apreciar entre el movimiento.

Una de esas mujeres disfrazadas con las bolas de fuego, tenía el nombre de Inés, quien de día trabajaba como cocinera en una fonda muy famosa por su buen sazón. Inés tenía muchos clientes que también eran sus pretendientes, porque además de saber cocinar y ser bella, todos sabían que era soltera debido a que rechazaba a todos los que le hablaran de amor.

Un día como cualquier otro llegó un joven arriero, el cual sí le llenó el ojo a la bruja. El nombre de este joven era Juan, quien pronto se dio cuenta de que le había gustado a la muchacha y a los pocos días iniciaron una relación.

Pero Inés tenía secretos, ya que nunca permitía que su novio pasara la noche con ella en su casa, lo cual molestaba a él, pero no del todo, ya que también Juan ocultaba cosas.

Los secretos de él involucraban a una chica bella y de buena familia, con quien pronto se casaría. Al casarse con la otra joven, Juan dejó de frecuentar a Inés, quien no sabía nada del compromiso.

Este comportamiento extrañó a la bruja y no tardó en descubrir lo que pasaba. Al darse cuenta, juró venganza.

Una mañana, Inés se dirigió al pueblo en donde ahora vivía Juan y, al encontrarlo fingió no saber nada y le pidió que volviera con ella y él, muy descarado aceptó.

Inés siguiendo su plan de venganza, lo invitó a su casa y le dio una pócima que lo convirtió en un tecolote, lo encerró en una jaula que tenía colgada en el mostrador de su negocio donde permaneció hasta la muerte de Inés, siendo ella su única dueña y haciendo que todos conocieran la calle de su fonda como “La calle del tecolote de Guanajuato”.

 

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