Atenas, ciudad del tiempo petrificado

Un clima cálido, agradable, bañado por las aguas del mar Egeo. Grandes extensiones de vegetación intervenidas abruptamente por intrincados peñascos es parte de lo que ofrece el largo recorrido en metro al centro de la ciudad, un preámbulo de las maravillas que guarda la milenaria Atenas.

No es casualidad que su belleza haya cautivado al mundo desde los orígenes de la historia. Ni el paso del tiempo, las guerras y las crisis, han logrado derrumbar la magnificencia de la Acrópolis que, aún en ruinas, domina la ciudad desde las alturas con las impecables columnatas del Partenón, las enigmáticas Cariátides, el magnífico Teatro de Dionisio y desde abajo con el Ágora y el Museo de la Acrópolis.

Caminar por las calles de Atenas es una delicia. En ellas confluyen el tiempo, la historia y la mitología muy a pesar del acelerado ritmo de una gran ciudad. Entre casas viejas, árboles, músicos callejeros, cafés al aire libre y restaurantes, el tiempo pasa volando. Así, caminando, se puede llegar al Arco de Adriano, una esplendorosa entrada a la zona del Acrópolis; al Estadio Panathinaikos, cuna de las Olimpiadas modernas; a la Plaza Syntagma en donde se puede apreciar, al pie del Palacio Presidencial, la memorable ceremonia de cambio de guardia.

De igual manera, no se puede salir de Atenas sin deleitarse con su gastronomía. Probar el espeso yogurt griego, la carne de cordero, los gyros y, para cerrar con broche de oro, un café sobre el Museo de la Acrópolis con una vista privilegiada del Partenón.

Atenas es, ha sido y será un destino obligatorio para todo viajero que se precie de serlo y, más aún, para quienes prefieren conocer “de pata de perro” y “golpe de calcetín”.

 

Fotos: Luis Gómez Sandi

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