La vez que el planeta venus pudo verse desde el Cerro de El Calvario en León

León ha sido testigo de muchos acontecimientos, pero en 1882 ocurrió uno que lo marcó en su historia, pues fue cuando científicos gringos llegaron al Cerro de El Calvario para ver pasar al planeta Venus.

De acuerdo a don Armando Ruiz, en diciembre de ese año venus pasaría frente al sol, por lo que el gobierno mexicano construyó una explanada en el atrio del templo.

Todo estaba listo, los astrónomos colocaron sus telescopios y cámaras fotográficas y el fenómeno comenzó a la 01:00 de la tarde de ese mes y no volvería a ocurrir otro acontecimiento hasta el 7 de junio de 2004.

Una multitud de curiosos fue desde temprano al cerro, algunos se prepararon ahumando cristales para ver el sol sin peligro de quedar ciegos, y grande fue el alboroto por las calles cuando una bolita negra apareció del lado izquierdo del disco solar.

Todos los leoneses se esa fecha querían ver a venus excepto un joven llamado José María Rodríguez, quien atisbaba hacía el horizonte de las cuatro calles que se cruzaban, indiferente a la algarabía que provocaba el fenómeno astronómico.

Al día siguiente lo vieron en la misma esquina a la misma hora, y al día siguiente, y al siguiente… y así llegó 1883, cuando pusieron en renta el localito comercial en el que se recargaba a diario.

En él, José María estableció una modesta miscelánea que el mismo atendía y a la que llamó “El Paso de Venus”. Todo mundo pensó que fue en conmemoración de aquel acontecimiento sideral.

Diecisiete años después, para celebrar la última noche del Siglo XIX, realizaron una fiesta donde uno de los asistentes bajó por la noche a comprarle cigarrillos, y como ya andaba con sus copas adentro le comentó: “Hace ya mucho que pasó venus por el sol… ya ni quien se acuerde. ¿Por qué no le cambia el nombre a su tienda?

-No fue por aquello que la nombre “El paso de Venus” –le contestó. Sino por una muchachita que pasaba por aquí todos los días, de la que me enamoré y que nunca supe su nombre… pero que así apodé porque a partir de aquel día nunca más volví a verla, aunque aquí sigo esperándola.

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